Hubo un día en que el Monumental gritó su nombre. Ariel Medri fue parte del River del Bambino Veira, campeón de América y del mundo en 1986. Tocó el cielo con la banda roja. Después vinieron Talleres, el Ascenso, canchas chicas, el exterior. Y cuando el fútbol se fue, se reinventó: fue DT, trabajó en un peaje, estuvo en un banco. Como tantos, siguió la vida lejos de los aplausos.
Pero la vida tiene partidos que no están en el fixture. El rival más cruel se llama ELA. Esclerosis Lateral Amiotrófica. No avisa. No duele. Solo apaga. Primero un brazo. Después la voz. A Ariel la ELA le robó el habla. Hoy está internado y se comunica escribiendo. “Extraño mi casa, las comidas, el ambiente”, puso en un papel. Y en ese papel cabe toda su nostalgia.
Qué hace la enfermedad: Te deja la cabeza clara, pero te encierra en un cuerpo que ya no responde. No hay cura. Solo resistir. Solo esperar. Solo pelear con lo que queda.
Ariel ya no corre, pero no se rindió. Cada palabra que escribe es un grito que no puede dar. Cada recuerdo de su casa es una razón para seguir. Los mismos compañeros que abrazó en el 86, hoy le hacen el aguante. Porque el vestuario es para siempre.
La gloria pasa. El cuerpo falla. Pero hay algo que la ELA no toca: la dignidad de un tipo que sigue dando batalla en silencio. Y eso, también es ser campeón.
MM
